El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —Señor cura, dÃgame que usted no quiere mi muerte.
—Yo quiero lo que Dios quiere.
—Pero júreme que no me golpeará mientras bajo.
—¡Qué tonto y cobarde eres!
—¿Qué quiere hacer de m�
—Eso te pregunto. ¡Intenté hacer de ti un hombre dichoso, y no hice de ti más que un asesino!
—Señor cura —dijo Caderousse—, inténtelo de nuevo.
—De acuerdo —dijo el conde—. Escucha, sabes que soy un hombre de palabra.
—Sà —dijo Caderousse.
—Si llegas a tu casa sano y salvo…
—A menos que no sea a usted, ¿a quién voy a temer?
—Si llegas a tu casa sano y salvo, te vas de ParÃs, te vas de Francia, y allá donde te quedes, mientras que te conduzcas honradamente, te pasaré una pequeña pensión; pues si llegas a casa sano y salvo, bien…
—¿Y bien? —preguntó Caderousse temblando.
—Pues bien, creeré que Dios te perdona y yo también te perdonaré.
—Cierto como que soy cristiano —balbuceó Caderousse reculando—, me hace morir de miedo.
—¡Vamos, vete de aquÃ! —dijo el conde indicándole la ventana con el dedo.