El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo Caderousse, desconfiando aún de esa promesa, pasó por la ventana y puso el pie en el primer peldaño de la escala de mano.
Allí, se detuvo temblando.
—Ahora, baja —dijo el cura cruzándose de brazos.
Caderousse comenzó a entender que no había nada que temer por ese lado, y bajó.
Entonces el conde se acercó con la vela, de manera que se podría ver desde los Champs-Elysées a un hombre que bajaba desde una ventana, alumbrado por otro hombre.
—¿Pero, qué hace, señor cura? —dijo Caderousse—. Si pasara una patrulla…
Y sopló la vela. Después continuó bajando, pero hasta que no sintió el suelo del jardín bajo sus pies, no estuvo tranquilo.
Montecristo volvió al dormitorio, y echando una rápida ojeada del jardín a la calle, vio en primer lugar a Caderousse, que después de llegar abajo dio una vuelta por el jardín y fue a colocar la escala al final del muro, a fin de salir por un lugar diferente del que había entrado.
Después, mirando la calle, vio al hombre que parecía esperar y que corría paralelamente por la calle hasta situarse tras la esquina misma por donde Caderousse iba a bajar.