El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo Caderousse subió lentamente por la escalera y, una vez en los últimos tramos, se asomó por encima del tejadillo para asegurarse de que la calle estaba desierta.
No se veía a nadie, no se oía ningún ruido.
Daban la una en los Invalides.
Entonces Caderousse se puso a caballo sobre el muro, y tirando hacia sí la escala, la pasó por encima del muro, después empezó a bajar, o más bien a dejarse deslizar a lo largo de los dos montantes, maniobra que llevó a cabo con una destreza que demostraba la costumbre que tenía de ese ejercicio.
Pero una vez lanzado, no pudo parar. En vano vio a un hombre que se lanzaba contra él en la sombra en el momento en el que estaba aún a mitad de camino; en vano vio un brazo que se levantaba en el momento en el que él tocaba tierra; antes de que pudiera defenderse, ese brazo golpeó tan furiosamente su espalda, que soltó la escala gritando:
—¡Socorro!
Un segundo golpe le llegó casi enseguida en el costado, y cayó gritando:
—¡Al asesino!
Finalmente, cuando rodaba por el suelo, su adversario le cogió por el pelo y le dio un tercer golpe en el pecho.