El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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Capítulo LXXXIII

La mano de Dios

Caderousse continuaba gritando con voz calamitosa:

—¡Señor cura! ¡Socorro! ¡Socorro!

—¿Qué pasa? —preguntó Montecristo.

—¡Auxilio! ¡Ayúdeme!

—Aquí estamos, ¡aguanta!

—¡Ah! Se acabó. Llegan demasiado tarde; llegan para verme morir. ¡Qué golpes! ¡Cuánta sangre!

Y se desvaneció.

Alí y su señor cogieron al herido y lo llevaron a la casa. Allí, Montecristo indicó a Alí que le desvistiera, y reconoció las tres terribles heridas recibidas.

—¡Dios mío! —dijo—. Tú venganza se hace a veces esperar, pero creo que, en esos casos, es para descender del Cielo más completa aún.

Alí miró a su señor para preguntarle lo que debía hacer.

—Ve a buscar al señor Villefort, el fiscal que vive en el Faubourg Saint-Honoré, y tráelo. Según vas, despierta al portero y dile que vaya a buscar a un médico.

Alí obedeció y dejó al falso abate solo con Caderousse, que seguía desvanecido. Cuando el desgraciado abrió los ojos, el conde, sentado a unos pasos de él, le miraba con una sombría expresión de piedad, y sus labios, que se movían, parecían murmurar una oración.


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