El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo La mano de Dios
Caderousse continuaba gritando con voz calamitosa:
—¡Señor cura! ¡Socorro! ¡Socorro!
—¿Qué pasa? —preguntó Montecristo.
—¡Auxilio! ¡Ayúdeme!
—Aquà estamos, ¡aguanta!
—¡Ah! Se acabó. Llegan demasiado tarde; llegan para verme morir. ¡Qué golpes! ¡Cuánta sangre!
Y se desvaneció.
Alà y su señor cogieron al herido y lo llevaron a la casa. AllÃ, Montecristo indicó a Alà que le desvistiera, y reconoció las tres terribles heridas recibidas.
—¡Dios mÃo! —dijo—. Tú venganza se hace a veces esperar, pero creo que, en esos casos, es para descender del Cielo más completa aún.
Alà miró a su señor para preguntarle lo que debÃa hacer.
—Ve a buscar al señor Villefort, el fiscal que vive en el Faubourg Saint-Honoré, y tráelo. Según vas, despierta al portero y dile que vaya a buscar a un médico.
Alà obedeció y dejó al falso abate solo con Caderousse, que seguÃa desvanecido. Cuando el desgraciado abrió los ojos, el conde, sentado a unos pasos de él, le miraba con una sombrÃa expresión de piedad, y sus labios, que se movÃan, parecÃan murmurar una oración.