El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —¡Un cirujano, señor cura, un cirujano! —dijo Caderousse.
—Ya han ido a buscarlo —respondió el cura.
—Sé que es inútil para salvarme la vida, pero podrá darme fuerzas quizá, y quiero tener tiempo para hacer una declaración.
—¿Sobre qué quiere declarar?
—Sobre mi asesino.
—¿Usted le conoce, entonces?
—¡Que si le conozco! SÃ, le conozco, es Benedetto.
—¿Ese joven corso?
—El mismo.
—¿Su colega?
—SÃ. Me hizo el plano de la casa, esperando sin duda que yo matase al conde para poder heredar, o que él me matara a mÃ, con lo que asà se libraba de su cómplice; me esperó en la calle y me ha asesinado.
—Además del médico, también he llamado al fiscal.
—Llegará demasiado tarde, llegará demasiado tarde —dijo Caderousse—, siento que me estoy desangrando.
—Espere —dijo Montecristo.
Salió y regresó a los cinco minutos, trayendo un frasco.