El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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—Escucha —dijo el abate tendiendo la mano hacia el herido como para ordenarle tener fe—, mira lo que hizo por ti, ese Dios al que te niegas a reconocer en tus últimos momentos: te había dado salud, fuerza, un trabajo seguro, amigos, incluso; la vida, en fin, tal como debe ser para el hombre, una vida dulce con la tranquilidad de la conciencia y la satisfacción de los deseos naturales; y en lugar de explotar esos dones del Señor, tan raramente acordados por Él en su plenitud, mira lo que has hecho tú: te diste a la holgazanería, a las borracheras, y en una de esas borracheras traicionaste a uno de tus mejores amigos.

—¡Socorro! —exclamó Caderousse—. ¡No necesito un cura, necesito un médico! Quizá ni siquiera esté herido de muerte, quizá no voy a morir todavía, quizá puedan salvarme.

—Estás tan herido de muerte que sin las tres gotas de esta medicina que te di hace un momento habrías ya expirado. ¡Escúchame, entonces!

—¡Ah! —murmuró Caderousse—. Usted sí que es un cura extraño, que desespera a los moribundos en lugar de consolarlos.


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