El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —¡Escucha! —continuó el abate—. Cuando traicionaste a tu amigo, Dios comenzó, no a castigarte, sino a advertirte; caÃste en la miseria y pasaste hambre; te pasaste lleno de envidia la media vida que podÃas haber utilizado para conseguir lo que envidiabas, y ya pensabas en el crimen dándote a ti mismo la excusa de la necesidad, cuando Dios hizo por ti un milagro, cuando Dios, con sus manos, te envió en el seno de tu miseria, te envió una fortuna brillante para ti, desgraciado, que nunca habÃas poseÃdo nada. Pero esa fortuna inesperada, insospechada, inaudita, desde el momento que la tuviste, ya no te bastó; quisiste doblar esa fortuna; ¿y por qué medio? Por medio de un crimen. Lo consigues, y entonces Dios te la arranca, conduciéndote ante la justicia humana.
—No fui yo quien quiso matar al judÃo, fue la Carconte.
—Sà —dijo Montecristo—. Otra vez Dios, no diré que fuera justo, esta vez, pues su justicia te habrÃa infligido la muerte, sino Dios, siempre misericordioso, permitió que tus jueces se sintieran conmovidos por tus palabras, y te perdonaron la vida.
—¡Pardiez! Para enviarme a presidio a perpetuidad: ¡vaya un perdón!