El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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—¡El perdón, miserable!, sin embargo lo viste como tal perdón, cuando te fue concedido; tu cobarde corazón, que temblaba ante la muerte, saltó de alegría ante el anuncio de una vergüenza perfecta, pues te dijiste, como todos los condenados a trabajos forzados: el presidio tiene una puerta, la tumba no. Y tenías razón, pues esa puerta se abrió para ti de manera inesperada: un inglés visitó Toulon, había hecho voto de sacar a dos hombres de la infamia; su elección recayó en ti y en tu compañero de grilletes, y he ahí una segunda fortuna que desciende del Cielo para ti, encuentras a la vez dinero y tranquilidad, puedes recomenzar a vivir la vida de los hombres, tú que estabas condenado a vivir la vida de los forzados; entonces, miserable, entonces te pones a tentar a Dios por tercera vez. No tengo suficiente —te dices— cuando tenías más de lo que nunca tuviste, y cometes un tercer crimen, sin razón, sin excusa. Dios ya está cansado. Dios te ha castigado.

Caderousse se debilitaba por momentos.

—Algo de beber —dijo—; ¡tengo sed…, me abraso!

Montecristo le dio un vaso de agua.

—Ese criminal de Benedetto —dijo Caderousse devolviendo el vaso—, ¡él se librará, seguro!

—Nadie va a librarse; yo te lo digo, Caderousse, ¡Benedetto será castigado!


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