El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —Entonces usted también será castigado —dijo Caderousse—; pues usted no ha cumplido con su deber de sacerdote…, usted tenÃa que haber impedido que Benedetto me matase.
—¡Yo! —dijo el conde con una sonrisa que heló de espanto al moribundo—. ¡Yo, impedir que Benedetto te matase, en el momento en el que acababas de clavar tu puñal en la cota de malla que cubrÃa mi pecho…! ¡SÃ, quizá si te hubiese encontrado humilde y arrepentido, hubiese detenido a Benedetto, pero te vi orgulloso y sanguinario, y dejé que se cumpliera la voluntad de Dios!
—¡Yo no creo en Dios! —aulló Caderousse—. ¡Y tú tampoco…, mientes…, mientes…!
—¡Cállate! —dijo el abate—. Pues se te van del cuerpo las últimas gotas de sangre…, ¡ah! ¡No crees en Dios, y mueres por la mano de Dios…! ¡Ah! ¡No crees en Dios, y Dios, que sin embargo no pide más que una oración, no pide más que una palabra, una lágrima, para perdonarte… Dios que podÃa dirigir el puñal del asesino para que hubieras expirado al instante…, Dios te ha dado un cuarto de hora para arrepentirte… ¡reflexiona, desgraciado, y arrepiéntete!
—No —dijo Caderousse—, no me arrepiento; no hay Dios, no hay Providencia, sólo existe el azar.