El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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—Hay una Providencia, hay un Dios —dijo Montecristo—, y la prueba es que tú estás ahí, agonizante, desesperado, renegando de Dios, y que yo, yo estoy aquí, de pie delante de ti, rico, dichoso, sano y salvo, juntando las manos ante el Dios en el que te empeñas en no creer, y en el que, sin embargo, crees en el fondo de tu corazón.

—¿Pero, quién es usted, entonces? —preguntó Caderousse fijando sus ojos, ya agonizantes, en el conde.

—Mírame bien —dijo Montecristo cogiendo la lámpara y acercándosela a la cara.

—Y bien, el abate…, el abate Busoni…

Montecristo se quitó la peluca que le desfiguraba, dejó caer sus hermosos cabellos negros que encuadraban tan armoniosamente su pálido rostro.

—¡Oh! —dijo Caderousse espantado—, a no ser por ese pelo negro, yo diría que usted es el inglés, yo diría que es usted lord Wilmore.

—No soy ni el abate Busoni, ni lord Wilmore —dijo Montecristo—; mírame bien, mira más lejos, más allá, en tus primeros recuerdos.

Estas palabras del conde tenían una vibración magnética que reavivaron por última vez los sentidos agotados del miserable Caderousse.

—¡Oh! En efecto —dijo—, me parece que le he visto antes, me parece que antes yo le conocía.


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