El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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—Sí, Caderousse, sí, tú me has visto antes, me has conocido antes.

—¿Pero, quién es usted, entonces? ¿Y por qué si usted me ha visto antes, me ha conocido de antes, por qué me deja morir?

—Porque nada puede salvarte, Caderousse, porque tus heridas son mortales. Si tuvieras alguna posibilidad, yo habría visto en ello una última misericordia del Señor, y además, te lo juro por la tumba de mi padre, hubiese intentado devolverte a la vida y al arrepentimiento.

—¡Por la tumba de tu padre! —dijo Caderousse, reanimado por un supremo destello, e incorporándose para ver de más cerca al hombre que venía a hacerle ese juramento sagrado para todos los hombres—. ¡Eh! Entonces, ¿quién eres?

El conde no había dejado de seguir el progreso de la agonía. Comprendió que ese impulso de vida era el último; se acercó al moribundo y, cubriéndole con una mirada tranquila y triste a la vez:

—Soy… —le dijo al oído—, soy…

Y sus labios, apenas abiertos, dieron paso a un nombre pronunciado en voz tan baja que el conde parecía temer incluso oírse a sí mismo.


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