El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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—Recuerde mis palabras: «Si consigues llegar a casa sano y salvo, creeré que Dios te perdona, y yo también te perdonaré».

—¿Y usted no me advirtió? —exclamó Caderousse, intentando incorporarse apoyándose en un codo—. Usted sabía que me iban a matar al salir, ¡y no me advirtió!

—No, pues en la mano de Benedetto yo veía la justicia de Dios, y me parecía cometer un sacrilegio oponerme a los designios de la Providencia.

—¡La justicia de Dios! No me hable de la justicia de Dios, señor cura; si existiera esa justicia de Dios que usted dice, sabe usted mejor que nadie que hay gente que debería ser castigada, y no lo es.

—¡Paciencia! —dijo el abate en un tono que hizo temblar al moribundo—. ¡Paciencia!

Caderousse le miró con asombro.

—Y además —dijo el cura— Dios está lleno de misericordia para todos, como lo ha estado contigo: Dios es padre, antes que juez.

—¡Ah! ¿Es que usted cree en Dios? —dijo Caderousse.

—Si yo hubiera tenido la desgracia de no creer hasta este momento —dijo Montecristo—, creería en Él al verte así ahora.

Caderousse levantó sus crispados puños al Cielo.


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