El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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Mientras tanto, Albert se había repuesto y, según iba leyendo, se sacudió el cabello que le caía sobre la frente empapada de sudor y, arrugando la carta y el periódico:

—Florentin —dijo—, ¿su caballo está en condiciones de retomar el camino a París?

—Es un mal caballejo de posta cojo.

—¡Oh! ¡Dios mío! ¿Y cómo estaba la casa cuando usted la dejó?

—Bastante tranquila, pero al volver de casa del señor Beauchamp, encontré a la señora llorando; me llamó para saber cuándo regresaría usted. Entonces le dije que yo venía a buscarle de parte del señor Beauchamp. Su primer impulso fue extender el brazo como para detenerme, pero después de un instante de reflexión:

—Sí, vaya, Florentin, vaya a buscarle —dijo—, que vuelva.

—¡Sí, madre, sí —dijo Albert—, ya voy, estate tranquila, y maldición al infame…! Pero, antes que nada, tengo que marcharme.

Volvió a la estancia donde estaba Montecristo.

No era el mismo hombre; cinco minutos habían bastado para que se operase en Albert esa triste metamorfosis; había salido tal como era y volvía con la voz alterada, el rostro surcado de rubores febriles, los ojos echando chispas bajo unos párpados de venas azules, y el andar titubeante como si estuviera ebrio.


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