El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —Conde —dijo—, gracias por su estupenda hospitalidad, de la que hubiera querido disfrutar más tiempo, pero tengo que regresar a ParÃs.
—¿Pues, qué ha ocurrido?
—Una gran desgracia; pero permÃtame marchar, se trata de algo más valioso que mi vida. Nada de preguntas, conde, se lo suplico, ¡sólo necesito un caballo!
—Mis caballerizas están a su servicio, vizconde —dijo Montecristo—; pero se va a matar de cansancio a caballo; coja una calesa, un cupé, u otro coche.
—No, tardarÃa más, y además, necesito ese cansancio que usted teme que sufra; me hará bien.
Albert dio algunos pasos dando vueltas como si le hubiera alcanzado un disparo y fue a caer sobre una silla, cerca de la puerta.
Montecristo no vio esa segunda debilidad; habÃa ido a la ventana y gritaba:
—AlÃ, un caballo para el señor de Morcerf, ¡que se den prisa! ¡Es urgente!
Esas palabras devolvieron la fuerza a Albert; salió disparado de la habitación, el conde le siguió.
—¡Gracias! —murmuró el joven montando a la carrera—. Usted vuelva tan pronto como pueda, Florentin. ¿Hay alguna contraseña para que me den el caballo en el relevo?
—Ninguna, salvo que entregue el que monta; al instante le ensillarán el otro.