El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo Albert iba a salir, pero se detuvo.
—Mi marcha quizá le parezca extraña, insensata —dijo el joven—. Usted no comprende cómo unas lÃneas escritas en un periódico pueden llevar a un hombre a la desesperación; y bien —añadió, tirándole el periódico—; lea esto, pero no hasta que me haya ido; no quiero que vea mi sonrojo.
Y mientras que el conde recogÃa el periódico, clavó las espuelas que acababa de poner en las botas, en el vientre del caballo, que, asombrado de que hubiera un jinete que creyera necesario estimularle de esa manera, partió como una flecha.
El conde siguió con la mirada al joven, con un sentimiento de infinita compasión, y sólo cuando hubo desaparecido completamente de su vista, echó una mirada al periódico y leyó lo que sigue:
El oficial francés al servicio de AlÃ, pachá de Janina, del que hablaba hace tres semanas el periódico L’impartial, y que no solamente entregó los castillos de Janina, sino que además vendió a su benefactor a los turcos, se llamaba en efecto en aquella época Fernand, como escribÃa nuestro honorable colega; pero después, añadió a su nombre de pila un tÃtulo de nobleza y un nombre de territorio.
Hoy se llama señor conde de Morcerf, y forma parte de la Cámara de los Pares.