El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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Y se precipitó hacia la puerta de la sala.

Montecristo le siguió con los ojos, y le vio abordar al criado que, aún sin aliento, sacó de su bolso un pequeño paquete lacrado. El paquete contenía un periódico y una carta.

—¿De quién es la carta? —preguntó rápidamente Albert.

—Del señor Beauchamp —respondió Florentin.

—¿Entonces es Beauchamp quien le envía?

—Sí, señor. Me mandó llamar a su casa, me dio el dinero necesario para el viaje, me dijo que cogiera un caballo de posta, y me hizo prometer que no me detuviera hasta encontrar al señor; he hecho el camino en quince horas.

Albert abrió la carta temblando; al leer las primeras líneas dio un grito y cogió el periódico con un visible temblor.

De repente, se le oscurecieron los ojos, las piernas se le doblaron y a punto de caer se apoyó en Florentin, que le dio el brazo para sostenerle.

—¡Pobre joven! —murmuró Montecristo, en voz tan baja que apenas si él mismo pudo oír las propias palabras de compasión que pronunciaba—. Por algo se dice que los pecados de los padres recaen en los hijos hasta la tercera o la cuarta generación.


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