El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo El juicio
A las ocho de la mañana, Albert cayó como un rayo en casa de Beauchamp. El ayuda de cámara, que estaba avisado, introdujo a Morcerf en la habitación de su señor que acababa de meterse en el baño.
—¿Y bien? —le dijo Albert.
—Pues bien, mi pobre amigo —respondió Beauchamp—, le esperaba.
—Pues aquà estoy. No le diré, Beauchamp, que le creo demasiado leal y demasiado bueno como para haber hablado de esto con alguien; no, amigo mÃo. Además, el mensaje que me ha enviado es suficiente garantÃa de su estima. Asà que no perdamos tiempo en preámbulos: ¿tiene usted alguna idea de de dónde viene el golpe?
—Le diré dos palabras de inmediato.
—SÃ, pero antes, amigo mÃo, tiene que contarme con todos los detalles la historia de esta abominable traición.
Y Beauchamp contó al joven, hundido por la vergüenza y el dolor, los hechos que vamos a relatar ahora en su simplicidad.