El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —Tan curioso que cae en la difamación, me parece, y que se arriesga usted a un proceso bastante aventurado.
—En absoluto; hemos recibido con la nota todos los documentos que la apoyan y estamos totalmente convencidos de que el señor de Morcerf se quedará tranquilo; además, es un servicio que prestamos al paÃs, denunciando a miserables indignos del honor que se les hace.
Beauchamp se quedó desconcertado.
—¿Pero, quién les ha informado tan bien? —preguntó—. Pues mi periódico, que dio la alerta, se vio obligado a abstenerse por falta de pruebas, y sin embargo nosotros estamos más interesados que ustedes en descubrir al señor Morcerf, puesto que es par de Francia, y somos la oposición.
—¡Oh! Dios mÃo, es muy sencillo; no hemos corrido tras el escándalo, el escándalo vino a nosotros. Nos llegó ayer de Janina un hombre que traÃa un formidable dossier, y como dudábamos en lanzarnos por la vÃa de la acusación, nos anunció que si rechazábamos el asunto, el artÃculo se publicarÃa en otro periódico. ¡Palabra, Beauchamp! Usted sabe lo que significa una noticia importante; no quisimos dejar pasar esta. Ahora ya hemos dado el golpe; es terrible y repercutirá por toda Europa.