El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo Beauchamp comprendió que no habÃa más que bajar la cabeza y salió a la desesperada para enviar un correo a Morcerf.
Pero lo que no habÃa podido escribir a Albert, pues lo que vamos a contar es posterior a la salida de ese correo, es que el mismo dÃa, en la Cámara de los Pares, se habÃa manifestado una gran agitación, agitación que reinaba en los grupos ordinariamente tan tranquilos de la alta Cámara. Todo el mundo habÃa llegado antes de la hora y comentaban el siniestro suceso que iba a ocupar la atención pública, y que iba a fijar esa atención sobre uno de los miembros más conocidos del ilustre cuerpo.
HabÃa lecturas en voz baja del artÃculo, comentarios e intercambios de recuerdos que precisaban aún mejor los hechos. El conde de Morcerf no era apreciado entre sus colegas. Como todos los advenedizos, para mantener su rango, se habÃa visto obligado a observar un exceso de arrogancia. Los grandes aristócratas se reÃan de él; los más talentosos le repudiaban; las puras glorias le despreciaban instintivamente. El conde se situaba en ese extremo incierto de la vÃctima expiatoria: una vez señalado por el dedo del Señor para el sacrificio, todo el mundo se apresuraba a mostrar su indignación.