El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo Sólo el conde de Morcerf ignoraba la noticia. No recibía el periódico en el que se publicaba la noticia difamatoria, y se había pasado la mañana escribiendo cartas y probando un caballo.
Llegó, pues, a la hora acostumbrada, con la cabeza alta, la mirada altiva y su andar insolente; bajó del coche, atravesó los corredores y entró en la sala, sin darse cuenta de las vacilaciones de los ujieres, y los mediosaludos de sus colegas.
Cuando Morcerf entró, la sesión ya llevaba abierta más de media hora.
Aunque el conde, ignorante, como hemos dicho, de todo lo que estaba sucediendo, no había cambiado nada ni en su aspecto, ni en su actitud, todos le vieron más orgulloso que de costumbre, y su presencia en esta ocasión pareció tan agresiva a esta asamblea, celosa de su honor, que todos vieron en ella una inconveniencia, varios de ellos, una bravata, y algunos, un insulto.
Era evidente que la Cámara entera ardía en deseos de iniciar el debate.
Todo el mundo tenía en sus manos el periódico acusador; pero, como siempre, todos dudaban en tomar la responsabilidad del ataque. Finalmente, uno de los honorables pares, enemigo declarado del conde de Morcerf, subió a la tribuna con una solemnidad que anunciaba que el momento esperado había llegado.