El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo Se hizo un espantoso silencio; solamente Morcerf ignoraba la causa de la profunda atención que se prestaba esta vez a un orador a quien no siempre se tenía la costumbre de escuchar con tanta complacencia.
El conde dejó pasar tranquilamente el preámbulo en el que el orador establecía que iba a hablar de un asunto tan grave, tan sagrado, tan vital para la Cámara que reclamaba toda la atención de sus colegas.
Al oír las palabras de Janina y del coronel Fernand, el conde de Morcerf palideció tan terriblemente que hubo un movimiento unánime de la asamblea, y las miradas de todos convergieron en el conde.
Las heridas morales tienen una particularidad, que se ocultan pero no se cierran; dolorosas y siempre a punto de sangrar de nuevo cuando se las toca, permanecen vivas y abiertas en el corazón.