El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —El señor comerá.
—¿Y después?
—El señor dormirá una hora.
—¿Y después?
—Después irá a la Ópera.
—¿Está usted seguro? —preguntó Albert.
—Perfectamente seguro; el señor ha pedido sus caballos a las ocho en punto.
—Muy bien —replicó Albert—; eso es todo lo que querÃa saber.
Después, dirigiéndose a Beauchamp:
—Si tiene usted algo que hacer, vaya a hacerlo enseguida, Beauchamp; si tiene alguna cita para esta tarde, pospóngala hasta mañana. Comprenda que cuento con usted para ir a la Ópera. Si puede, traiga con usted a Château-Renaud.
Beauchamp aprovechó el permiso y dejó a Albert, tras prometerle que vendrÃa a buscarle a las ocho menos cuarto.
Una vez en casa, Albert escribió a Franz, a Debray y a Morrel, para manifestarles el deseo que tenÃa de verles aquella misma velada en la Ópera.
Después fue a visitar a su madre, que desde los acontecimientos de la vÃspera habÃa ordenado que nadie la molestara, encerrada en su habitación. La encontró en la cama, rota por el dolor y la humillación pública.