El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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La visita de Albert produjo en Mercedes el efecto que se podía esperar; estrechó las manos de su hijo y rompió en sollozos. Y esas lágrimas la aliviaron.

Albert se quedó un instante de pie y mudo junto al rostro de su madre. Se veía en su cara pálida y en su frente concentrada que su resolución de venganza se espesaba cada vez más en su corazón.

—Madre —preguntó Albert—, ¿es que usted conoce algún enemigo del señor de Morcerf?

Mercedes se sobresaltó; había observado que el joven no había dicho: «de mi padre».

—Querido mío —dijo ella— las personas de la posición del conde tienen muchos enemigos que ni siquiera conocen. Además, los enemigos conocidos, no son, tú lo sabes, los más peligrosos.

—Sí, eso lo sé, por eso apelo a toda su perspicacia, madre. Usted es una mujer tan superior que nada se le escapa, madre.

—¿Por qué me dices eso?

—Porque usted observó, por ejemplo, que, en la velada del baile que dimos, el señor de Montecristo no quiso tomar nada en nuestra casa.

Mercedes, incorporándose toda temblorosa, apoyada en un brazo y ardiendo por la fiebre:

—¡El señor de Montecristo! —exclamó—. ¿Qué relación habría de tener con la pregunta que me haces?


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