El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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—Usted lo sabe, madre, el señor de Montecristo es casi un hombre del Oriente, y los orientales, para reservarse toda libertad de venganza, ni comen ni beben nunca en la casa de su enemigo.

—¿El señor de Montecristo nuestro enemigo, dices, Albert? —repuso Mercedes poniéndose más pálida que las sábanas blancas que la cubrían—. ¿Quién te ha dicho eso? ¿Por qué? Estás loco, Albert. El señor de Montecristo te salvó la vida, tú mismo nos lo presentaste. ¡Oh! Te lo ruego, hijo mío, si se te ha ocurrido una idea así, apártala; si tengo una recomendación que hacerte, diré más, si tengo una súplica que hacerte es que te mantengas en buenos términos con él.

—Madre —replicó el joven con una turbia mirada—, tiene usted sus razones para decirme que me lleve bien con ese hombre.

—¡Yo! —exclamó Mercedes, sonrojándose con la misma rapidez con la que antes había palidecido, y volviendo de nuevo a ponerse más pálida aún que antes.

—Sí, sin duda, y esa razón —repuso Albert—, ¿no es la de que ese hombre no puede hacernos ningún mal?

Mercedes se estremeció; y mirando a su hijo de manera inquisitiva:


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