El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —Me hablas de modo extraño —le dijo—, y me parece que tienes extraños prejuicios. ¿Pues, qué te ha hecho el conde? Hace tres dÃas estabas con él en NormandÃa; hace tres dÃas yo le veÃa, y tú también le veÃas, como a tu mejor amigo.
Una sonrisa irónica afloró a los labios de Albert. Mercedes vio esa sonrisa, y con ese doble instinto de mujer y de madre, adivinó todo; pero, prudente y fuerte, ocultó su turbación y sus sobresaltos.
Albert dejó caer la conversación; al cabo de un instante la condesa la reanudó.
—VenÃas a preguntarme cómo estaba —dijo—, te responderé francamente, amigo mÃo, que no me siento bien. TendrÃas que instalarte aquÃ, Albert, me harÃas compañÃa; necesito no estar sola.
—Madre querida —dijo el joven—, estaré a sus órdenes, y no sabe con cuánto placer, pero me veo forzado a dejarla durante toda la velada, por un asunto urgente e importante.
—¡Ah! Muy bien —respondió Mercedes con un suspiro—; ve, Albert, no quiero hacerte esclavo de la piedad filial.
Albert simuló no haber oÃdo, saludó a su madre y salió.