El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo En cuanto el joven cerró la puerta, Mercedes llamó a un sirviente de confianza y le ordenó que siguiera a Albert a todas partes adonde este fuera a lo largo de la velada, y que regresara a rendirle cuentas de inmediato.
Después llamó a su doncella, y aunque se encontraba muy débil, se vistió con su ayuda, para estar preparada ante cualquier eventualidad.
La misión encomendada al lacayo no era difícil de cumplir.
Albert volvió a su casa y se vistió con una especie de esmero rebuscado y severo. A las ocho menos diez, Beauchamp llegó; había visto a Château-Renaud y este le había prometido que estaría en el patio de butacas antes de que se levantase el telón.
Ambos jóvenes subieron al cupé de Albert que, al no tener ninguna razón para ocultar adónde iban, ordenó al cochero en voz alta:
—¡A la Ópera!
En su impaciencia, llegaron antes de que se levantara el telón. Château-Renaud estaba en su asiento, y puesto que estaba advertido de todo por Beauchamp, Albert no tenía que darle ninguna explicación. La conducta de este hijo intentando vengar a su padre era tan simple que Château-Renaud no intentó en absoluto disuadirle, y se contentó con renovarle la seguridad de que estaba a su disposición.