El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo Debray no había llegado todavía, pero Albert sabía que raramente faltaba a una representación en la Ópera. Albert erró por el teatro hasta que se levantó el telón. Esperaba encontrar a Montecristo, ya fuera por los pasillos o en la escalera. El timbre sonó para que ocuparan sus asientos, y Albert vino a sentarse al patio de butacas entre Château-Renaud y Beauchamp.
Pero no quitaba los ojos de ese palco de entrecolumnas que durante todo el primer acto parecía obstinarse en permanecer cerrado.
Finalmente, cuando Albert consultaba su reloj por centésima vez, al principio del segundo acto, la puerta del palco se abrió, y Montecristo, vestido de negro, entró y se apoyó en la barandilla para mirar en la sala; Morrel le acompañaba, buscando con la mirada a su hermana y a su cuñado. Les vio en un palco de la segunda fila, y les hizo una seña.
El conde, al echar una ojeada circular por toda la sala, vio una cabeza de cara pálida y unos ojos brillantes que parecían intentar atraer ávidamente sus miradas; reconoció por supuesto a Albert, pero la expresión que observó en su rostro convulsionado le aconsejó sin duda obviarle. Sin hacer ningún movimiento que descubriese sus pensamientos, se sentó, sacó el catalejo de su estuche, y comenzó a mirar en otra dirección.