El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —¡Pobre Haydée! —murmuró.
—¡De verdad, conde! —exclamó Morrel—. Si le conociera menos, pensarÃa que es menos valiente de lo que le imagino.
—¡Porque pienso en alguien a quien voy a dejar, porque suspiro! Vamos, Morrel, ¿tan poco conocedor del valor es un soldado? ¿Es que cree que lo que lamento es mi vida? ¿Qué me importa a mÃ, que he pasado veinte años entre la vida y la muerte? ¿Qué me importa a mà vivir o morir? Además, tranquilÃcese, Morrel, esta debilidad, si es que es una debilidad, sólo se la mostraré a usted. Yo sé que el mundo es como un salón de reuniones del que hay que salir educada y honradamente, es decir, saludando y pagando sus deudas de juego.
—Me alegro —dijo Morrel—, eso sà que es hablar. A propósito, ¿ha traÃdo sus armas?
—¡Yo! ¿Para qué? Espero que esos señores tengan las suyas.
—Voy a informarme —dijo Morrel.
—SÃ, pero nada de negociaciones, ¿me entiende?
—¡Oh! Esté tranquilo.
Morrel avanzó hacia Beauchamp y Château-Renaud. Estos, viendo que se acercaba Maximilien, dieron algunos pasos viniendo a su encuentro.
Los tres jóvenes se saludaron, si no con afabilidad, sà al menos con cortesÃa.