El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —Perdón, señores —dijo Morrel—, pero no veo al señor de Morcerf.
—Nos avisó esta mañana —respondió Château-Renaud—, de que se reunirÃa con nosotros aquÃ.
—¡Ah! —dijo Morrel.
Beauchamp sacó su reloj.
—Las ocho y cinco; no se ha perdido el tiempo, señor Morrel —dijo.
—¡Oh! —respondió Maximilien—. No lo decÃa con esa intención.
—Además —interrumpió Château-Renaud, ahà viene un coche.
En efecto, un coche avanzaba al trote por una de las avenidas que desembocan en la encrucijada en la que se encontraban.
—Señores —dijo Morrel—, sin duda se han provisto de las pistolas. El señor de Montecristo declara que renuncia al derecho que tenÃa de servirse de las suyas.
—Hemos previsto esa delicadeza por parte del conde, señor Morrel —respondió Beauchamp—, y he traÃdo unas armas que compré hace ocho o diez dÃas, creyendo que iba a necesitarlas para un asunto igual a este. Son totalmente nuevas y no han sido usadas por nadie. ¿Quiere usted examinarlas?