El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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—¡Oh! Señor Beauchamp —dijo Morrel con una inclinación—, si usted me asegura que el señor de Morcerf no conoce esas armas, ¿no piensa usted que su palabra me basta?

—Señores —dijo Château-Renaud—, no era Morcerf el que venía en ese coche, era, ¡palabra!, eran Franz y Debray.

En efecto, ambos jóvenes venían hacia el grupo.

—¡Ustedes aquí, señores! —dijo Château-Renaud intercambiando sendos apretones de manos—. ¿Y cómo es eso?

—Porque —dijo Debray—, Albert nos ha rogado esta mañana que viniéramos.

Beauchamp y Château-Renaud se miraron asombrados.

—Señores —dijo Morrel—, me parece que lo entiendo.

—¡Veamos!

—Ayer, después de comer, recibí una carta del señor de Morcerf en la que me rogaba que fuera al teatro de la Ópera.

—Y yo también —dijo Debray.

—Y yo —dijo Franz.

—Y nosotros también —dijeron Château-Renaud y Beauchamp.

—Quería que estuviésemos presentes en la provocación —dijo Morrel—, y ahora quiere que estemos presentes en el combate.


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