El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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—Sí —dijeron los jóvenes— eso es, señor Maximilien; y según todas las probabilidades lo ha adivinado bien.

—Pero, con todo —murmuró Château-Renaud—, Albert no viene; se retrasa diez minutos.

—Ahí está —dijo Beauchamp—, viene a caballo; miren, viene a galope tendido seguido de su lacayo.

—¡Qué imprudencia —dijo Château-Renaud— venir a caballo para batirse a pistola! ¡Yo, que se lo había explicado bien!

—Y, además, mire —dijo Beauchamp—, con cuello en lugar de corbata; y una chaqueta abierta, con un chaleco blanco; ¿por qué no se ha dibujado una diana en el estómago? Hubiera sido más sencillo y se hubiera acabado antes.

Mientras tanto, Albert estaba a diez pasos del grupo que formaban los cinco jĂłvenes; parĂł al caballo, saltĂł a tierra y echĂł la brida en el brazo del lacayo.

Albert se acercĂł.

Estaba pálido, con los ojos rojos e hinchados. Se veía que no había dormido ni un segundo en toda la noche.

Tenía, en toda su fisonomía, un tono de gravedad triste que no era habitual en él.

—Gracias, señores —dijo—, por haber aceptado mi invitación; créanme que agradezco infinitamente esta muestra de amistad.


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