El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo Morrel, al acercarse Morcerf, habÃa dado unos diez pasos atrás, y se encontraba apartado.
—Y usted también, señor Morrel —dijo Albert—, mi agradecimiento también va por usted. Acérquese, entonces, no está usted de más.
—Señor —dijo Maximilien—, ¿ignora tal vez que soy el testigo del señor de Montecristo?
—No estaba seguro de ello, pero lo sospechaba. Mejor asÃ, cuantos más hombres de honor haya aquÃ, más satisfecho me sentiré.
—Señor Morrel —dijo Château-Renaud—, puede usted anunciar al señor conde de Montecristo que el señor de Morcerf ha llegado, y que estamos a su disposición.
Morrel hizo un movimiento para cumplir con su cometido.
Al mismo tiempo, Beauchamp sacaba el estuche de las pistolas del coche.
—Esperen, señores —dijo Albert—, tengo que decir dos palabras al señor conde de Montecristo.
—¿En privado? —preguntó Morrel.
—No, señor, delante de todo el mundo.
Los testigos de Albert se miraron sorprendidos; Franz y Debray intercambiaron algunas palabras en voz baja, y Morrel, feliz por ese incidente inesperado, fue a buscar al conde, que se paseaba por un sendero lateral con Emmanuel.