El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —¿Qué quiere de m� —preguntó Montecristo.
—Lo ignoro, pero quiere hablar con usted.
—¡Oh! —dijo Montecristo—. ¡Que no tiente a Dios con algún nuevo ultraje!
—No creo que sea esa su intención —dijo Morrel.
El conde se dirigió hacia el grupo, acompañado por Maximilien y Emmanuel: su rostro tranquilo y lleno de serenidad marcaba un extraño contraste con el rostro alterado de Albert, que se acercaba, por su parte, seguido por los cuatro jóvenes.
A tres pasos el uno del otro, Albert y el conde se detuvieron.
—Señores —dijo Albert—, acérquense; deseo que ni una sola palabra de lo que voy a tener el honor de decir al señor conde de Montecristo se pierda; pues lo que voy a tener el honor de decirle debe ser repetido por todos ustedes a quien quiera oÃrlo, por muy extraño que parezca mi discurso.
—Estoy esperando, señor —dijo el conde.