El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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—Señor —dijo Albert con voz temblorosa al principio, pero que se iba haciendo más y más firme—; señor, yo le reprochaba el haber divulgado la conducta del señor de Morcerf en Epiro; pues, por muy culpable que fuera el conde de Morcerf, yo no creía que tuviese usted el derecho a castigarle. Pero hoy, señor, sé que usted tiene adquirido ese derecho. No es la traición de Fernand Mondego contra Alí-Pachá lo que me lleva a disculparle a usted con tanta premura, es la traición del pescador Fernand contra usted, son las desgracias inauditas que sufrió como consecuencia de esa traición. Así que lo digo, y lo proclamo bien alto: ¡sí, señor, usted tiene razón en vengarse de mi padre, y yo, su hijo, le agradezco que no haya hecho aún más!

Un rayo, caído en medio de los espectadores de esta escena, no les hubiese asombrado tanto como la declaración de Albert.

En cuanto a Montecristo, elevaba lentamente sus ojos al cielo con una expresión de agradecimiento infinito, y no podía dejar de admirar cómo esta naturaleza fogosa de Albert, cuyo valor conoció bastante bien en medio de los bandidos romanos, se había plegado a esta súbita humillación. Reconoció la influencia de Mercedes, y comprendió por qué ese noble corazón no se había opuesto al sacrificio que él le ofrecía, pues ella bien sabía por adelantado que ese sacrificio no iba a ser necesario.


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