El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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—Ahora, señor —dijo Albert—, si encuentra que las disculpas que acabo de presentarle son suficientes, estreche mi mano, se lo ruego. Después del mérito de la infalibilidad, que parece tener usted, el primero de todos los méritos, en mi opinión, es el de saber confesar los errores. Pero esta reflexión me compete a mí solo. Yo obraba bien según los hombres, pero usted, usted obraba bien según Dios. Solamente un ángel podía salvar a uno de los dos de la muerte, y ese ángel ha bajado del Cielo, si no para convertirnos en amigos, ¡ay!, la fatalidad hace que eso sea imposible, sí al menos para convertirnos en dos hombres que se estiman.

Montecristo, con los ojos húmedos, el pecho jadeante, la boca entreabierta, tendió a Albert la mano que este cogió y apretó con un sentimiento que se parecía a un respetuoso terror.

—Señores —dijo—, el señor de Montecristo tiene a bien aceptar mis excusas. Actué precipitadamente con él. La precipitación es mala consejera: obré mal. Ahora he reparado mi falta. Espero que el mundo no me tenga por un cobarde, por obrar como mi conciencia me ordenaba. Pero, en todo caso, si se equivocaran conmigo —añadió el joven levantando la cabeza con orgullo y como si lanzara un desafío a sus amigos y a sus enemigos—, trataré de enderezar esas opiniones.


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