El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —El señor me disculpará —dijo Baptistin, que habÃa seguido a su señor con un terror indecible—, pero creo ver allá un coche, bajo los árboles.
—En efecto —dijo Emmanuel—, veo a dos jóvenes que se pasean como si esperasen a alguien.
Montecristo saltó hábilmente de la calesa y dio la mano a Emmanuel y a Maximilien para ayudarles a bajar.
Maximilien retuvo la mano del conde entre las suyas.
—Gracias a Dios —dijo—, estrecho una mano como me gusta verla en un hombre cuya vida descansa en la bondad de su causa.
Montecristo retuvo a Morrel, no aparte, pero sà un paso o dos por detrás de su cuñado.
—Maximilien —le preguntó—, ¿tiene usted su corazón libre?
Morrel miró a Montecristo con asombro.
—No le pido una confidencia, querido amigo, es una simple pregunta; responda sà o no, es todo lo que le pido.
—Amo a una joven, conde.
—¿Y la ama mucho?
—Más que a mi vida.
—¡Vaya! —dijo Montecristo—. Otra esperanza que se me escapa.
Y después, con un suspiro: