El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —Será como se lo digo, mi querido Morrel; el señor de Morcerf me matará.
Morrel miró al conde como alguien que ya no entiende nada.
—¿Pero, qué le ha ocurrido desde anoche, conde?
—Lo que le ocurrió a Bruto la vÃspera de la batalla de Filipos: he visto a un fantasma.
—¿Y ese fantasma?
—Ese fantasma, Morrel, me dijo que ya habÃa vivido lo suficiente.
Maximilien y Morrel se miraron; Montecristo sacó el reloj.
—Vámonos —dijo— son las siete y cinco, y la cita es a las ocho en punto.
Un coche les aguardaba ya enganchado; Montecristo subió con sus dos testigos.
Al cruzar el corredor, Montecristo se detuvo a escuchar delante de una puerta, y Maximilien y Emmanuel, que por discreción se habÃan adelantado un poco, creyeron oÃr un suspiro, como respuesta a un sollozo.
A las ocho en punto estaban en el lugar de encuentro.
—Ya hemos llegado —dijo Morrel asomando la cabeza por la ventanilla—, y somos los primeros.