El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo Madre e hijo
El conde de Montecristo se despidió de los cinco jóvenes con una sonrisa llena de melancolÃa y de dignidad, y subió al coche en compañÃa de Maximilien y Emmanuel.
Albert, Beauchamp y Château-Renaud se quedaron solos en el campo del honor.
El joven fijó en los dos testigos una mirada que, sin ser tÃmida, parecÃa sin embargo reclamar su opinión sobre lo que acababa de suceder.
—¡A fe mÃa! Mi querido amigo —dijo Beauchamp el primero, ya fuera porque tenÃa una mayor sensibilidad, o menos capacidad de disimulo—, permÃtame felicitarle: ha sido un desenlace muy inesperado de todo este desagradable asunto.
Albert se quedó mudo y concentrado en sus pensamientos. Château-Renaud se contentó con dar golpecitos a la bota con su caña flexible.
—¿No nos vamos? —dijo después de un silencio embarazoso.
—Cuando quiera —respondió Beauchamp—; déjeme solamente un momento para felicitar al señor de Morcerf; hoy ha hecho prueba de una generosidad tan caballeresca… ¡tan rara!
—¡Oh! Sà —dijo Château-Renaud.
—¡Es magnÃfico —continuó Beauchamp— poder mantener un dominio de sà mismo tan grande!