El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo La confidencia
En el mismo instante se oyó la voz del señor de Villefort que gritaba desde su gabinete:
—¿Pero, qué ocurre?
Morrel consultó con la mirada a Noirtier, que acababa de recuperar toda su sangre fría, y que con una mirada le indicó el gabinete, donde ya una vez, en una circunstancia casi igual, tuvo que esconderse.
No le dio tiempo más que a recoger el sombrero y a llegar allí sin aliento. Se oían ya los pasos del fiscal en el corredor.
Villefort se precipitó en la habitación, corrió hacia Valentine y la cogió entre sus brazos.
—¡Un médico! ¡Un médico!… ¡El señor d’Avrigny! —gritó Villefort—. O mejor, voy yo mismo a buscarle.
Y salió disparado fuera del apartamento.
Por la otra puerta salía Morrel.
Acababa de verse sorprendido por un espantoso recuerdo: la conversación entre Villefort y el doctor que oyó la noche de la muerte de la señora de Saint-Méran se le vino a la memoria. Esos síntomas, en un grado menos terrible, eran los mismos que precedieron a la muerte de Barrois.
Al mismo tiempo, le pareció oír de nuevo la voz de Montecristo, que le había dicho, hacía apenas dos horas: