El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —¡La puerta! —gritó con su más hermosa voz de contralto, llamando al cristal.
El portero se levantó, como había previsto Eugénie, y dio incluso algunos pasos para reconocer a la persona que salía; pero al ver a un joven que golpeaba impacientemente el pantalón con su bastón, abrió de inmediato.
Enseguida, Louise se deslizó como una culebra por la puerta entreabierta, y saltó con ligereza afuera. Eugénie, tranquila en apariencia, aunque, según toda probabilidad, su corazón contaría con más pulsaciones de lo normal, salió también a la calle.
Pasaba por allí un recadero, le cargaron con el baúl, después, indicándole como destino de su recado la calle de la Victoire, número 36, las dos jóvenes caminaron detrás de ese hombre, cuya presencia tranquilizó a Louise; en cuanto a Eugénie, ella era fuerte como Judit, o como Dalila.
Llegaron al número indicado. Eugénie ordenó al recadero que dejase el baúl allí, le dio algunas monedas por el servicio y, después de llamar al postigo de la ventana, le despidió.
Esa ventana era la de una costurera, a la que había avisado por adelantado: aún no se había acostado, y les abrió.