El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —Señorita —dijo EugĂ©nie—, que el portero saque la calesa del hangar y envĂele a buscar unos caballos al hotel de las Postas. Dele estos cinco francos por la molestia.
—De verdad que te admiro —dijo Louise—, casi dirĂa que te respeto.
La costurera no salĂa de su asombro; pero como habĂa convenido que habrĂa veinte luises para ella, no hizo la menor observaciĂłn.
Un cuarto de hora despuĂ©s, el portero volvĂa con un postillĂłn y los caballos, que en un santiamĂ©n fueron enganchados al carruaje, asegurando bien el baĂşl con la ayuda de una cuerda y de un torniquete.
—Este es el pasaporte para el viaje —dijo el postillón—; ¿qué camino tomamos, joven?
—El camino de Fontainebleau —respondió Eugénie con una voz casi masculina.
—Pero bueno, ¿qué dices? —preguntó Louise.
—Les engaño —dijo Eugénie—; esta mujer a la que damos veinte luises, puede traicionarnos por cuarenta; en el bulevar cambiaremos de dirección.
Y la joven subiĂł, sin apenas tocar el estribo, a la brisca, que habĂan preparado excelentemente para poder dormir durante el viaje.
—Tú siempre tienes razón, Eugénie —dijo la maestra de canto colocándose junto a su amiga.