El Conde de Montecristo

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Y las dos muchachas, a las que seguramente imaginaban llorando; una por ella misma y la otra por cariño por su amiga, rompieron a reír, a la vez que intentaban borrar las marcas más visibles del desorden que naturalmente había acompañado a los preparativos de la huida.

Después, soplaron todas las lámparas y velas, y ojo avizor, el oído a la escucha, el cuello tendido, las dos fugitivas abrieron la puerta de un gabinete de aseo que daba a una escalera de servicio que desembocaba en el patio. Eugénie iba la primera, sujetando con un brazo la maleta, que por el lado opuesto la señorita d’Armilly apenas si podía levantar con las dos manos.

El patio estaba desierto. Estaban dando las doce de la noche.

El portero todavía estaba de guardia.

Eugénie se acercó despacito y vio al digno suizo que dormía en la garita, tumbado en un sillón.

Eugénie se volvió hacia Louise, cogió de nuevo el baúl que había dejado un momento posado en el suelo, y las dos, siguiendo la sombra que dejaba la pared, llegaron a la bóveda de salida.

Eugénie dijo a Louise que se ocultase en el rincón de la puerta, de manera que si el portero tuviese a bien despertarse por un azar, no viera más que a una persona.

Después, poniéndose ella misma a plena luz de la farola que alumbraba el patio.


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