El Conde de Montecristo

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Capítulo XCVIII

La hostelería de la Cloche et de la Bouteille

Y ahora, dejemos a la señorita Danglars y a su amiga camino de Bruselas, y volvamos al pobre Andrea Cavalcanti, tan desdichadamente interrumpido en el arranque de su brillante carrera.

Era, a pesar de su edad poco avanzada, un muchacho fuerte y astuto, y muy inteligente, este Andrea Cavalcanti.

Con los primeros rumores que penetraron en el salón, le vimos acercarse poco a poco a la puerta, cruzar una o dos antecámaras, y finalmente desaparecer.

Una circunstancia que olvidamos mencionar, y que, sin embargo, no debe ser omitida, es que en una de esas dos salas que atravesó Cavalcanti, estaba expuesto el ajuar de la novia: joyeros de diamantes, chales de Cachemira, encajes de Valenciennes, velos de Inglaterra, todo lo que compone, en fin, ese mundo de objetos tentadores, cuyo sólo nombre hace saltar de alegría el corazón de las muchachas y que se llama la canastilla de boda.

Ahora bien, al pasar por esa sala, lo que demuestra que Andrea era un muchacho muy inteligente y muy astuto, pero además, muy previsor, se apoderó de alguno de los más ricos objetos expuestos.

Provisto de ese viático, Andrea se sintió la mitad de ligero para saltar por la ventana y escurrirse de entre las manos de los gendarmes.


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