El Conde de Montecristo

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Corrió, pues, como hemos dicho, a casa de Debray, que, tras haber asistido, como el todo París, a la fiesta del contrato y al escándalo subsiguiente, se había apresurado a retirarse a su club, donde, con algunos amigos, charlaba del suceso que era, a esa hora, la comidilla de las tres cuartas partes de los habitantes de esta ciudad, eminentemente chismosa, que se llama la capital del mundo.

En el momento en el que la señora Danglars, vestida con un traje negro y cubierta con un velo, subía la escalera que conducía al apartamento de Debray, a pesar de la seguridad que le había dado el portero de que el joven no estaba en casa, en ese momento, Debray se ocupaba de rechazar las insinuaciones de un amigo, que intentaba probarle que tras el terrible escándalo que acababa de ocurrir, era su deber de amigo de la casa casarse con la señorita Eugénie Danglars y sus dos millones.








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