El Conde de Montecristo

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Debray se defendía como quien no pide nada más que considerarse vencido, pues, a menudo, esa idea se le había ocurrido; después, como conocía a Eugénie y su carácter independiente y altivo, tomaba de vez en cuando una actitud totalmente defensiva, diciendo que esa unión era imposible, dejándose, después de todo, lisonjear en silencio por esa mala idea que, al decir de todos los moralistas, preocupa incesantemente al hombre más probo y al más puro, velando en el fondo de su alma como Satán vela detrás de la cruz. El té, el juego, la conversación, interesante, como se ve, pues discutían de intereses sumamente serios, duraron hasta la una de la madrugada.

Mientras tanto, la señora Danglars, introducida por el ayuda de cámara de Lucien, esperaba, tocada con su velo y palpitante, en el saloncito verde entre dos cestas de flores que ella misma había enviado por la mañana, y que Debray, hay que decirlo, había colocado él mismo, las había puesto en la estantería y las había arreglado con un cuidado que hizo perdonar su ausencia a la pobre mujer.

A las once cuarenta, la señora Danglars, cansada de esperar inútilmente, subió a un coche de alquiler que la llevó de vuelta a casa.


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