El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo Las mujeres de un cierto mundo tienen eso de común con las modistillas con asuntos amorosos, que no vuelven a sus casas sino pasada la medianoche. La baronesa volvió a casa con la misma precaución con la que Eugénie había salido; subió deprisa y con el corazón en un puño la escalera de sus aposentos, contiguos, como sabemos, a los de Eugénie.
¡Tenía tanto miedo de provocar algún comentario, creía tan firmemente, pobre mujer respetable en ese punto al menos, en la inocencia de su hija y en su fidelidad por el hogar paterno!
Una vez en casa, escuchó a la puerta de Eugénie, después, al no oír ningún ruido, intentó entrar; pero los cerrojos estaban echados.
La señora Danglars creyó que Eugénie, cansada de las terribles emociones de la noche, se había acostado y dormía.
Llamó a la doncella y la interrogó.
—La señorita Eugénie —respondió la doncella—, entró en su habitación con la señorita D’Armilly; después, tomaron el té juntas; tras de lo cual me despidieron, diciéndome que ya no iban a necesitarme.
Desde ese momento la doncella estuvo en el office y, como todo el mundo, creía que las dos jóvenes estaban en sus habitaciones.