El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo La señora Danglars se acostó, pues, sin la sombra de la menor sospecha, pero, tranquilizada ya respecto a las personas, su mente se volvió hacia lo que había acontecido.
A medida que las ideas se le iban aclarando en la cabeza, las proporciones de la escena del contrato crecían; ya no era un escándalo, era un cataclismo; no era una vergüenza, era una ignominia.
Entonces, muy a su pesar, la baronesa recordó que no había tenido piedad por la pobre Mercedes, ni por su hijo, golpeados un poco antes, a causa de su esposo, con una desgracia tan grande.
«Eugénie», se dijo «está perdida, y nosotros también. El asunto, tal como va a presentarse, nos cubre de oprobio, pues en una sociedad como la nuestra, ciertos ridículos son como plagas vivas, sangrantes e incurables.
»¡Qué dicha», murmuró, «que Dios haya dado a Eugénie ese carácter extraño que tantas veces me hizo temblar!».
Y su mirada agradecida se elevó al cielo, donde la misteriosa Providencia dispone todo, adelantándose a los sucesos que deben llegar, y que transforma un defecto, un vicio, tal vez, en una virtud.
Después, su pensamiento franqueó el espacio, como hace extendiendo sus alas el pájaro ante un abismo, y se detuvo en Cavalcanti.