El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo «Ese Andrea era un miserable, un ladrón, un asesino; y sin embargo poseía maneras que indicaban una mediana educación, si no una educación completa; ese Andrea se había presentado en sociedad con la apariencia de una gran fortuna, con el apoyo de nombres honorables.»
¿Cómo ver claro en todo este dédalo? ¿A quién dirigirse para salir de esa cruel situación.
Debray, a quien había acudido con el primer impulso de una mujer que busca socorro en el hombre que ama y que a veces la pierde, Debray no podía darle más que un consejo; tendría que dirigirse a alguien más poderoso que él.
La baronesa pensó, entonces, en el señor de Villefort.
Era el señor de Villefort el que iba a detener a Cavalcanti; era el señor de Villefort quien, sin piedad, había llevado la turbación a su familia como si hubiese sido una familia extraña.
Pero no, pensándolo bien, no era un hombre sin piedad, el fiscal; era un magistrado esclavo de sus deberes, un amigo leal y firme que, brutalmente, pero con mano segura, había dado el golpe de escalpelo a la corrupción: no era un verdugo, era un cirujano, un cirujano que había querido aislar, a ojos del mundo, el honor de los Danglars de la ignominia de ese joven perdido, al que habían presentado al mundo como su futuro yerno.