El Conde de Montecristo

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El señor de Villefort se abatió como si se le hubieran roto las piernas, y su cabeza cayó sobre el lecho de Valentine.

Por las palabras del doctor y los gritos del padre, los sirvientes, aterrados, salieron de allí con sordas imprecaciones; por las escaleras y corredores se oían sus precipitados pasos, después hubo un gran movimiento por los patios, después, nada; el ruido se extinguió; desde el primero hasta el último sirviente, todos habían desertado de la casa maldita.

En ese momento, la señora de Villefort, con su peinador apenas sobre los hombros, levantó la tapicería de la puerta; se quedó un instante en el umbral, como interrogando a los asistentes y llamando en su ayuda a algunas lágrimas rebeldes.

De repente, dio un paso, o más bien un salto hacia delante, con los brazos extendidos hacia la mesa.

Acababa de ver a d’Avrigny inclinarse con curiosidad sobre esa mesilla y coger el vaso que ella estaba segura haber vaciado durante la noche.

El vaso tenía una cuarta parte, justo como estaba cuando tiró su contenido a las cenizas.

El espectro de Valentine, puesto en pie delante de la envenenadora, no le hubiera producido mayor sobresalto.


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