El Conde de Montecristo

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En efecto, era exactamente el color del brebaje que ella había puesto en el vaso de Valentine, y que esta se había bebido; era ese veneno que no podía confundir al señor d’Avrigny, y que este examinaba atentamente; era un milagro que Dios, sin duda, había hecho para que quedara, a pesar de las precauciones del asesino, un rastro, una prueba, una denuncia del crimen.

Al mismo tiempo, mientras que la señora de Villefort se había quedado inmóvil como la estatua del Terror, mientras que Villefort, con la cara oculta entre las sábanas del lecho mortuorio, no veía nada de lo que pasaba a su alrededor, d’Avrigny se acercaba a la ventana para observar mejor el contenido del vaso, y probar una gota mojando un dedo en el líquido y llevándoselo a los labios.

—¡Ah! —murmuró—. Ahora ya no es brucina; ¡veamos de qué se trata!

Entonces, corrió hacia uno de los armarios de la habitación de Valentine, armario transformado en farmacia, y sacando de su cajita de plata un frasco de ácido nítrico, dejó caer unas gotas en el ópalo del licor, que cambió rápidamente de tono, tomando el color de la sangre roja.

—¡Ah! —dijo d’Avrigny, con el horror de un juez que descubre la verdad, unido a la satisfacción del sabio que resuelve un problema.


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